Querer que el tiempo se detenga… y que avance

Todo empieza con una pregunta:

 ¿Cómo puede caber tanto amor y tanta contradicción en el mismo cuerpo?

La filosofada

 (Algo que escribí a unas semanas de tener mi bebe) 

Estoy a unas semanas de tener a mi bebé y hay una sensación que me atraviesa todos los días: quiero que el tiempo se detenga… y al mismo tiempo quiero que continúe.

Quiero quedarme aquí, en esta espera suspendida, sintiendo cada movimiento, cada cambio, cada síntoma que me recuerda que estoy creando vida. Y también quiero que llegue el momento, que nazca, que empiece lo nuevo.

La maternidad, incluso antes de comenzar oficialmente, es una escuela de dualidad.

Es soltar y aferrarte.
Es confiar y querer controlar.
Es cansancio y una fuerza que no sabías que existía.
Es necesitar estar sola y, en el mismo día, sentir que no quieres separarte nunca.

Es querer seguir siendo emprendedora, construir, liderar, crear hacia afuera… y también fantasear con quedarte en casa para siempre, sosteniendo ese universo diminuto que depende de ti.

Hay algo profundamente descolocador en aceptar que ambas cosas son verdad.

Nos hemos comprado versiones simplificadas de la maternidad: o es sacrificio absoluto o es realización perfecta. Pero en realidad es una tensión constante entre identidades que no se cancelan, se superponen.

Ser madre no elimina quién eras antes. La amplifica, la confronta, la reordena.

Y en medio de esa reconfiguración aparece una pregunta silenciosa que acompaña a muchas mujeres:

¿Estoy haciendo suficiente?
¿Pude haber hecho más?
¿Estoy fallando en algo que ni siquiera sé nombrar?

El yugo de la culpa materna es antiguo y persistente. Se manifiesta en detalles pequeños: en el tiempo que no alcanzó, en el tono que se elevó, en la reunión que elegiste atender, en la tarde que decidiste descansar. Siempre parece haber una medida invisible contra la que nos evaluamos.

Y sin embargo, crear vida es un acto radical. Parir es un acto físico y simbólico de potencia. Sostener, nutrir, adelantarte a necesidades que nadie más ve, organizar el caos cotidiano, amar incluso cuando estás exhausta… dar, dar y seguir dando sin vaciarte. 

La maternidad es poder y fuerza en su forma más cruda y más vulnerable.

Es omnipresencia sin reconocimiento público, es estrategia emocional permanente, es intuición afinada al milímetro, es heroísmo sin aplausos y es entrega sin recibo de pago.

Es imperfectamente perfecta.

Toca explorar:  

Tal vez honrar la maternidad no significa idealizarla, sino mirarla con honestidad. Reconocer que hay días de plenitud absoluta y otros de duda corrosiva. Que hay momentos en los que quieres congelar el tiempo porque sabes que esa etapa no vuelve, y otros en los que necesitas que avance porque estás al límite.

La contradicción no es señal de debilidad, es señal de profundidad y es una invitación a la aceptación.

Querer tiempo sola no te hace menos madre, querer seguir construyendo tu empresa no te hace menos presente. Cansarte no te hace insuficiente y dudar no te hace incompetente.

La maternidad no es una prueba que se aprueba o se reprueba. Es una experiencia que se habita.

Tal vez nunca sabrás si fue suficiente. Y quizá esa es la condición real de maternar: actuar sin garantía, amar sin métricas, entregarte sin certeza de resultado.

Regístrate en Viernes de Croissant

El newsletter de Ana Victoria García

Anterior
Anterior

Lo que no sientes, lo guarda el cuerpo

Siguiente
Siguiente

La vulnerabilidad como ventaja competitiva